Todo lo que tocaba lo convertía en pasado. La mujer de la verdulería me hablaba, pero mi mente divagaba. Este momento terminará pronto, me repetía, una y otra vez, haciendo caso omiso de mi entorno. El diálogo que tenía conmigo mismo monopolizaba mi atención. 

—¿Vas a querer una bolsa o no?

Asentí con la cabeza y me llevé las calabazas que me había pedido mi padre para hacer, creo, mermelada. Sé que le gustaba hacer conservas y esas cosas, pero no recordaba exactamente en qué proyecto estaba. Salí de la verdulería pensando en cómo aquel momento, dentro de la verdulería, sin la bolsa y sin las calabazas, ya no existía. Ahora tenía una bolsa con calabazas e iba camino de regreso a casa. Había pasado de estar dentro de la verdulería a estar fuera.

Mientras caminaba, recordé que tenía que estudiar para un examen de Biología Celular y no había visto ningún apunte aún. Apresuré el paso, como si llegar antes me diera más tiempo para estudiar. El día estaba gris, pero templado, buen momento para aprovechar la caminata. Al final, entre estudios, nunca tenía tiempo para estar afuera. Recordé que eventualmente iba a estar dentro nuevamente. Así como hacía un rato estaba en la verdulería y no tenía calabazas, pronto estaría dentro, en el mejor de los casos, estudiando.

A veces pensaba que tenía un superpoder; ser capaz de percibir el paso del tiempo a cada instante. Mi memoria destacaba en los números y mis pensamientos se fijaban constantemente en el efecto transitorio del tiempo. Este momento está pasando, ya pasó. Un nuevo momento, ya pasó también. Y así, sabía que eventualmente se iban a terminar los momentos e iba a llegar mi fin. En el fondo, y no tanto, era una tortura. Estaba condenado a ser espectador de mi conciencia y no podía cambiar de película.

Recordé que el día anterior había estado en el gimnasio. Tenía una rutina rigurosa que seguía para estar en forma. Me gustaba sentirme bien física y mentalmente. Aunque dudase de la segunda. En cada ejercicio buscaba concentrarme plenamente en lo que estaba haciendo, en el músculo puntual que estaba entrenando, para optimizar mi entrenamiento. Ese día, con cada ejercicio que realizaba, solo podía pensar en que ya había pasado el ejercicio y así como ya pasó el anterior pasaría el que estaba haciendo. ¿Qué sentido tenía continuar si todo iba a pasar? 

Ya estaba en casa. No recordaba el camino ni qué había ido a hacer. Ah, las calabazas. Las dejé arriba de la mesa y subí a mi habitación. Estaba en lo cierto. Los momentos van pasando uno a uno y así como pasaron estos últimos momentos, y así como pasaron estos últimos diez años, así van a pasar otros diez y otros más. 

Me senté en el escritorio y recordé que, mientras caminaba, intentaba disfrutar el momento, pero no podía porque sabía que se terminaría. Y, tal como había previsto, en un abrir y cerrar de ojos ya estaba estudiando. Y ahí estaba. Otro punto más para mi razonamiento. El tiempo fluía y mi mente estaba allí a cada segundo. Como estudiante de biología, esto iba en contra del área que pretendía dominar. Estaba menospreciando mi inteligencia sensorial y poniendo toda mi atención en mi voz interna que no paraba de recordarme que a cada momento faltaba menos para mi muerte. Si esta capacidad era un rasgo evolutivo, aún no había llegado a esa asignatura. 

¿Qué había pasado durante este rato? No tenía idea. Estaba tan absorto en mi estado mental que no sabía dónde estaban mis padres ni qué estaban haciendo mis amigas. Ya no le veía sentido a verles. La íbamos a pasar bien y luego nos tendríamos que despedir. El momento ya pasó aunque no haya pasado siquiera. Estaba atrapado en un futuro infinito en donde todo era pasado.

 Nadie hubiese sospechado que estaba trastornado. Cuando estaba frente al espejo, veía un joven común y corriente en sus veintes, estudiante, con un círculo social y actividades extracurriculares. No destacaba de ninguna forma en particular. Era un simple chico, un poco tímido y un poco ausente. Eso hacía que sintiera algo de vergüenza, no me atrevía a ver a una psicóloga ni a comentarlo siquiera. No tenía aspecto de estar mal. Solo que la vida ya no tenía sentido más que escuchar el tic-tac.

Me fui a acostar sabiendo que mañana, al acostarme, pensaría lo mismo: “Ah, ya pasó otro día y estoy de nuevo acá, en la cama, por dormir”. Me tendía trampas psicológicas constantemente y me preguntaba: ¿cómo hace uno para escapar de sus propios acertijos? ¿Cómo se escapa uno de una mente que no teme separarse del cuerpo? A esta altura, podría ser solo un cerebro, una máquina que únicamente piensa y piensa en el tiempo y en su propio pensamiento. Soy como una de esas inteligencias artificiales que están de moda que solo saben pensar, solo que yo cuento con un repertorio más acotado y una pésima habilidad de cálculo. 

 Lo primero que pensé al despertar fue que ya había pasado otro día más y me dije lo mismo que me había dicho el día anterior: “Ah, ya pasó otro día y estoy de nuevo acá, en la cama, por levantarme”. Solo que esta vez no pude levantarme; mi poder de predicción había fallado. No me exalté. Acostumbrado a que todo termine, sabía que iba a salir de aquella situación incómoda.

Seguía en mi habitación, lo entendía aunque no lo podía ver. Tenía conocimiento de que estaba allí. ¿Cómo lo sabía si no tenía visión? Tampoco escuchaba nada. Ni olía. A esta hora siempre solía entrar el aroma a panqueques de papá y aún nada. Quizás era muy temprano y nadie se había despertado aún. No, eran las 8:47:32, 8:47:33, 8:47:34…

¡La hora! Conocía la hora exacta. 8:47:44, 8:47:45, 8:47:46, 8:47:47…

Ahora no solo era consciente del paso del tiempo, sino de los segundos. Cada segundo resonaba como una melodía sinfín dentro mío. No había nada más que segundos, minutos y horas. 

La situación no se había transformado en pasado aún. Me estaba distrayendo con los números y aún seguía inmóvil. De hecho, no podía sentir nada. Pero entendía que estaba en mi cama. No lo sentía, lo pensaba. La información estaba allí, almacenada en algún sitio dentro mío. Aunque era como un recuerdo lejano de otra vida. No se sentía real.

Alguien abrió la puerta, ¡por fin!

—¡Papá! ¿Qué está pasando? —mis palabras solo resonaron dentro mío. Él no pareció inmutarse. Nunca me había sentido tan feliz de verle. Hasta me sorprendió lo viejo que estaba, mi recuerdo de él era otro. Hacía mucho que no le prestaba atención. 

Se acercó hacia mí. Seguro él sabía lo que me estaba pasando, probablemente me llevarían al médico, como siempre hacía cuando era niño. Debería contarle lo que me está sucediendo, que soy víctima de mis pensamientos y que me atormentan a cada segundo, a cada instante. 8:48:01, 8:48:02, 8:48:03…

Los segundos seguían pasando y cada vez eran más. Esto va a pasar, me recordé una vez más. Todo futuro es pasado y pronto estaré allí. 8:48:28, 8:48:29.

Mi padre arrimaba su mano hacia mí cuando se distrajo con mi madre que justo pasaba por el pasillo a toda prisa. Sonrió de forma perspicaz, como cuando resuelve un acertijo de esos de los libros de crucigramas, y con voz victoriosa anunció:  

—Querida, no te preocupes, ya encontré el reloj.