El tren no se detenía. Se movía incesantemente, a ritmo constante, sin parar ni un segundo. Llegué a la estación tres minutos antes de que pasara. Estaba descuidada. De no ser por la gente vestida con trajes corporativos y sombreros elegantes, cualquiera habría pensado que aquel lugar estaba abandonado. Contrastaba mucho con el resto de la ciudad. Con el resto del mundo, en verdad. Miré a mi alrededor y sentí asco. Odiaba ese lugar, aunque no podía evitarlo. 

La fachada de la estación era un edificio antiguo, con ladrillo descubierto en tonos grises y una gran puerta de hierro oxidada que había perdido su color original, volviéndose completamente anaranjada. En algún momento había tenido bellos vitrales con figuras naturales, pero los efectos del paso del tiempo y las recurrentes crisis afectaron las ventanas. Ahora solo quedaban puntiagudos remanentes de vidrio en los bordes. Nunca había visto la puerta cerrada y dudaba si era posible hacerlo o si se habría unido al suelo, producto de la invasión de vegetación que había crecido a su alrededor.

Había una planta que particularmente me molestaba. Era una raíz que salía de entre dos baldosas y se pegaba al borde de la puerta hasta llegar a lo que alguna vez fue el picaporte. Se enredaba allí, como si tuviera dominio sobre la puerta.

El interior no mejoraba. Las paredes estaban agrietadas y, en cada agujero, un pequeño brote sobresalía, como intentando acaparar un poco más de la construcción. Era un pasillo angosto que llevaba a una escalera analógica de cinco escalones que te obligaba a bajar a pie y llevar en mano los trasladores. Algo, a mí parecer, de mal gusto. En cuanto al mobiliario, no había nada, excepto una máquina expendedora de bebidas en desuso llena de polvo.

Si se lo observaba de lejos, el edificio dejaba en evidencia una silueta irregular que contrastaba con las otras construcciones. Aquellas imponían presencia y progreso con un elegante estilo plano y minimalista, con delicados detalles translúcidos en las aberturas de cristal. Las calles eran impolutas, lisas y grises.

Atravesé el pasillo. Me quité los trasladores con pena; eran el último modelo y disfrutaba cada oportunidad de usarlos. Sus finas piezas de aluminio negro se incrustaban en la suela de mi bota y me permitían optimizar el paso en 4,2% en comparación con los modelos tradicionales. Andar era más parecido a flotar que a caminar. 

Apoyé mi pie, cubierto únicamente con el tejido de la bota y, como todos los días, bajé los cinco escalones. Los tobillos me dolían. Pero más me dolía el orgullo de pisar esas escaleras, un recordatorio constante de cómo es el mundo en su naturaleza cruda si no lo intervenimos constantemente. Por eso, no lograba entender cómo habían mantenido esa estación intacta. La supuesta justificación estaba en una ínfima placa de mármol en el piso inferior, apenas bajando las escaleras, que decía:

“Bajo el gris, hay verde. La civilización es y será fruto del trabajo constante, el sudor y el esfuerzo de una humanidad que entiende que los opuestos no son compatibles”.

El resto del lugar era, de un lado, una pared de ladrillo y vegetación, y del otro, el carril por donde pasaba el tren que nunca se detenía. Olía a pasto. Me dieron náuseas. En todos lados la gente se preparaba para ir a cumplir su deber. Me volví a colocar mis trasladores y me preparé.

El momento del salto era de gran tensión. Gracias a los trasladores, podía sentir la vibración cuando el tren se acercaba. Me acerqué despacio y disimuladamente al borde. La gente comenzó a inquietarse. Algunos se acercaron sigilosamente, otros preferían ir desde atrás. Nadie tenía absoluta certeza de que pudiera ser el próximo. 

El tren estaba llegando. A partir de ese momento, todo sucedía muy rápido. Redujo su velocidad de 600km/h a 100km/h en tan solo unos segundos, y atravesó la estación. De los mil pasajeros que esperaban allí, la mayoría dio su salto y ya estaba rumbo a cumplir sus responsabilidades.

No todos lo lograban. El sistema que operaba sobre el tren Ley de la Selva no contemplaba a todos, solo a quienes podían adaptarse a su ritmo. Funcionaba considerando un margen de error por problemas de trasladores y gestión de tiempos dando la oportunidad a quienes fueran más ágiles y previsores. Así, no solo el tren funcionaba más eficientemente, sino que limpiaba de la sociedad a los sujetos que no aportaban el valor mínimo requerido: llegar a tiempo al deber.

Una vez dentro, busqué un asiento y por fin respiré normalmente. La estación siempre me hacía sentir un extraño estado de relajación. Lo detestaba. Nada simbolizaba más la ociosidad que la calma. Y la calma es para las plantas, no para las personas.