Los pies se quejaban de andar por el árido desierto al que había llegado poco tiempo atrás. Nada más al entrar en aquel paisaje me di cuenta que estaba donde debía estar. La extrañeza que me produjo llegar me resultó más extraña que la extrañeza en sí. Esperaba sentirme menos a gusto. Y, sin embargo, estaba en calma. 

Bebí la poca agua que me quedaba en la botella, la última gota deslizó por mi garganta y me hizo percatarme de la aspereza que me absorbía. Me miré la mano, la cerré sintiendo como tiraba la piel y se resquebrajaba un poco más. Los ojos los tenía secos. Quién hubiera dicho que viajar te consumía. 

Pensé en la casa. Sus olores se manifestaron como si estuviera ahí. La madera vieja, las magnolias, el agua estancada. Desde allí, con la piel seca y los pies duros, no parecía tan mala. Ahora lo único que tenía de ella eran sus recuerdos. Condenado a vagar con el confort de la nostalgia, seguí adelante un poco más.

Ahora el paisaje árido me envolvía. No había un antes ni un después, todo era un continuum del presente. 

Todo estaba seco, como yo. Hasta el cielo parecía seco. El celeste característico de los días despejados era más bien un gris desteñido y el suelo que se suponía iba a estar suave, parecía un cartón viejo. Todo parecía viejo, como yo.

Los años no me pesaban, pero las piernas sí. No sé cuánto había pasado, ¿cómo se mide el tiempo en la eternidad? Me senté a descansar, ya no tenía apuro, podría estar así el tiempo que desease. 

Me tumbé hacia atrás. El sudor cubría la cara y el resto de mi cuerpo, empapando mis ropas. Me estaba derritiendo. Poco a poco, mi mente se fue desvaneciendo en la oscuridad. 

Al despertar alguien me estaba mirando. Con esfuerzo abrí los ojos y aún entrecerrados vi una sombra delante mío. Se acercó y pude delimitar su figura mientras me tapaba del resplandor. Era un niño de cara suave y ojos avellana, no tendría más de cuatro años. A diferencia de la mayoría de los de su edad, no decía nada. Quise emular una palabra, pero no salió nada. Ya me lo esperaba, pero aún así tenía que intentarlo.

El niño me miraba, curioso, un poco asustado. Nunca fui muy creyente, pero tuve el impulso de rezar, si había algo más que estuviera en control de nuestro destino, para que ese niño no tenga que vivir lo que yo conocía. Acercó su mano hacia mi cara y justo antes de tocarme, se rió y salió corriendo como si intentase jugar a las escondidas. 

Aún mareado, me levanté rápidamente para ir detrás de él. Escuchaba sus pasos pero no veía nada. Otra vez, el desierto y yo. El cielo gris, el suelo árido y mi soledad. Seguí caminando. Tenía sed y hambre, los pies me dolían y el peso de mi carga me recordaba de dónde venía. Avancé, si es que se puede considerar avanzar, hacia donde me parecía que el niño había ido.  

Al cabo de un rato, lejos en el horizonte, un bulto comenzó a destacar. Quizás era el niño. Quizás, si lo encontraba, podría cambiar las cosas. Aceleré el paso, el corazón me latía deprisa. Empecé a correr, olvidando el hambre, la sed y el dolor. 

Cuando llegué, me detuve en seco. No era el niño. Muy al contrario, se trataba de un anciano, sentado en una silla de madera. Llevaba unas ropas muy desgastadas y viejas. Más que las que yo vestía. Me acerqué más.

Su cara estaba tan arrugada y deshidratada que no pude distinguir si estaba despierto o dormido. De pronto, abrió los ojos y me miró. Dos grandes globos avellana me observaban. Analicé su rostro. Tenía una cicatriz que le atravesaba desde el lado izquierdo de la frente hasta la mejilla derecha. Era profunda, pero parecía estar curada hacía mucho tiempo. 

El viejo me miraba con cierto resentimiento. Intenté hablar, nuevamente sin éxito. Soltó una risa que me pareció irónica. Hice más esfuerzo para largar una palabra y nada. La aspereza de mi garganta no me dejaba decir nada. El viejo se seguía riendo, cada vez más, hasta que entró en un ataque de risa. No podía parar. Se reía cada vez más fuerte, rompiendo el silencio del desierto, rompiendo la calma que había construido, rompiendo el sonido de la eternidad. 

Él sabía que me molestaba y continuaba, sin parar, con su risa maliciosa. Me harté y me di media vuelta para irme. La risa paró. No le di importancia y seguí con el paso firme. 

—Vas a poder hablar cuando te enfrentes a vos mismo—dijo por fin el viejo. 

Me volteé hacia él pero ya no estaba, ¿qué quería decir? ¿acaso esta situación no era suficientemente introspectiva? Con el eco de sus palabras, continué viaje, condenado a vagar eternamente. 

Pasaron alrededor de trescientos años. La noción del tiempo no existía en aquel lugar, todo era ahora y siempre. Durante ese período, nada sucedió. No vi a más nadie ni no me encontré con nada inusual. Solo me deslicé, como si nadara, en el desierto. Paso tras paso antecedido por mis pensamientos. No paré nunca, ni el paso ni la mente. Las palabras del viejo me resonaban constantemente y a cada momento me recordaba a mí mismo que estar allí ya era producto de mis decisiones, que ya me estaba enfrentando a mi destino.

Los pies ya no se quejaban. El resto del cuerpo, acostumbrado a la sequedad, se volvía liviano, evaporándose sutilmente pero nunca lo suficiente como para liberarme de esa condena. 

Hacía mucho que no recordaba la casa. El pasado tampoco brillaba por su encanto, aunque saber que la casa había existido me reconfortaba. Me daba una seguridad ridícula en aquella situación. Cerré los ojos, por primera vez en mucho tiempo, y la recordé.

Era primavera, me acababa de levantar y el aroma al café de mi padre me terminaba de despertar. Me sentía feliz, mientras bajaba por las escaleras, idealizando lo que iba a suceder después. La cocina daba contra una ventana que proyectaba un árbol de magnolias que mi hermana adoraba. En la mesa, el café estaba servido y las tostadas listas. Me senté con el resto y comencé a prepararme el desayuno.

Nadie me hablaba, parecía que ni siquiera habían notado mi existencia. Por mi parte, yo podía ver todo. Mi padre le apoyaba una mano en la pierna a mi hermana y le preguntaba si había hecho la tarea. Mi madre, se movía frenéticamente mientras atendía las tostadas, la ropa que se estaba lavando y le servía más comida a mi padre sin preguntarle, prefería servirle de más a que se quedara con hambre. Le di un bocado a la tostada, pude sentir el sabor, húmedo y grasoso, como si fuera real. Esa vez no dije nada, terminé de comer y volví a mi habitación a estudiar. Así eran mis mañanas, todos los días de mi vida. Hasta llegar acá. 

Volví al desierto. Intenté abrir los ojos pero estaban pegados. Los comencé a frotar con las manos y con un poco de esfuerzo pude separarlos un poco. La luz entró, comencé a ver las tonalidades marrón grisáceas nuevamente pero algo había cambiado. En medio de ese panorama sepia, visualizaba una leve mancha azul. Comencé a correr hacia el oasis. 

Al llegar, me detuve antes de tocar el charco. Me agaché y me acerqué al agua despacio, estiré la mano para tomar un poco pero frené al percatarme de lo plana que estaba. Me acerqué un poco más y comencé a ver lo que era el contorno de mi cabeza. Después de un rato, me atreví y expuse mi rostro al completo. Me veía más viejo que la última vez, no como si hubieran pasado 300 años, pero sí unos cuantos. Algo estaba mal. Era mi cara, más envejecida y eso era entendible, pero tenía una marca en la cara. La misma que el viejo. Me toqué y no sentí nada. 

—Aún no cambiaste—enunció una voz. 

Me incorporé rápidamente. Había un hombre en frente mío. Esta vez se veía exactamente igual a mí. Mediana edad, piel seca, cabello largo, ojos avellana. Él tenía la cicatriz. Yo no. Aún no. Quise hablar, al final él era yo y él podía hablar, no había motivo para que yo no pudiera hacerlo. 

—Querés hablar y no podés. La historia de tu vida. De nuestra vida.

Asentí. Estábamos los dos parados en medio del desierto. El charco ya no estaba más. Su postura era erguida, parecía seguro de sí mismo, me miraba de frente sin parpadear.

—Aún no cambiaste, no te enfrentaste a vos mismo. Por eso no podés hablar. Siempre estuviste callado, en las esquinas, en las sombras. Nunca dijiste nada antes las atrocidades que presenciaste, ni te defendiste del maltrato, ni te fuiste cuando te tenías que ir. Ya sé lo que estás pensando, que nunca hiciste nada mal, que nunca te metiste en el medio de nada, que simplemente dejaste que las cosas sigan su flujo. Y tenés razón, nunca hiciste nada malo.

Lo miré aún en silencio y golpeé el suelo con el pie. 

—Sí, ya sé. Es injusto que estés acá, ¿por qué estarías condenado a deambular por acá si nunca fuiste vos el que daño a alguien? Pero… ¿Alguna vez pensaste lo que le podrías haber evitado a tu hermana si decías algo? ¿O a tu madre? ¿Alguna vez pensaste que irte era una opción? ¿Alguna vez pensaste que no te merecías el maltrato? Te dejaste consumir por dentro con cada acción, con cada decisión, con cada silencio. Creaste asperezas, distancias, vacíos. Creaste un desierto en el que hay lugar para una sola persona—hizo una pausa y agregó con ímpetu: —y te lo mereces. Este sitio no es más que tu cabeza.

El calor comenzó a fluir dentro mío. No había oído nada que no supiera, pero no quería escucharlo. Mucho menos viniendo de mí mismo, ¿por qué me hacía esto? Comencé a correr hacia mi otro yo con los puños apretados y lo embestí. Él devolvió el golpe dejándome en el suelo. Con la poca fuerza que tenía, tomé mi botella de agua vacía y se la lancé sin éxito. Desde allí abajo, vi como la buscaba y le rompía la base, dejándole un borde afilado. Caminó hacia mí, se acercó, y me susurró al oído:

—Es la única forma. Es hora de liberarme.

En el momento que me cortaba la cara, su cuerpo terminaba de evaporarse, dejándome solo, una vez más. Esta vez, con una botella cortada y una cicatriz en la cara.      

El desierto ahora tenía otra forma. El misticismo que lo caracterizaba no era más que un mal diseño. Aún no podía hablar, pero tenía mucho que pensar.