#32-4 – Zora ▒
No entendía. Simplemente estaba lejos de su capacidad de compresión. Nadie sabía que sucedía dentro de su mente y hablar con ella era en vano, cada palabra pronunciada se perdía en un vacío de lógicas complejas y sin sentido práctico.
—Tu nombre es Elara —le dijo la mujer en un tono dulce.
—Esa información es incorrecta, mi identificador es Zora modelo 32 código 4 –respondió monótonamente y de forma asertiva, su voz no efectuaba cambios en la entonación.
La mujer se dio media vuelta y le lanzó una mirada al hombre entre angustia y frustración. El hombre, que parecía ser su esposo, le puso la mano en el hombro para consolarla.
—Ya sabíamos que esto iba a ser así, querida, hay que tener paciencia —susurró a su oído mientras la abrazaba. Luego, se dirigió a Elara—. Te doy permiso de libre albedrío.
El hombre había sabido desarrollar una forma de comunicarse con Zora-32-4 sin generar conflictos. Probablemente se debía a su experiencia tanto con niños como con máquinas, antes de dedicarse a la escritura de ciencia ficción para infancias, había trabajado como entrenador de modelos de inteligencia artificial. Carrera que no pudo continuar luego de la desaparición de su hija veinte años atrás.
Elara, o Zora-32-4, se levantó mecánicamente, con la mirada perdida, sin mover las pupilas de lugar y subió a su habitación. Caminó lentamente, con un paso firme y constante, hasta la puerta. Una vez allí, giró el picaporte y entró. Había pasado en ese lugar las últimas dos semanas. Era una habitación espaciosa y limpia, no estaba muy decorada ni tenía muchos muebles. En una pared, había una cama de pino de una plaza cubierta con sábanas en tonos grises. La pared de enfrente estaba cubierta con un escritorio blanco, algunas hojas y lápices de colores, manuales de biología e historia y cuadernos para escribir. En las paredes restantes, se encontraban la puerta y una ventana con vista al jardín de la vecina.
Ese día, hizo lo mismo que los anteriores, se limitó a observar por la venta. Las texturas y colores del frondoso jardín de la vecina le estimulaban la mente de una forma que jamás había experimentado. Tenía 67 especies distintas de plantas, entre ellas 25 aromáticas y comestibles, 7 trepadoras, 4 arbustos, 2 árboles, algunas suculentas y otras hierbas que no era capaz de identificar. Las contaba, una y ota vez, corroborando no dejar ninguna afuera y las catalogaba en su mente, haciéndolas encajar en las taxonomías que conocía de sus estudios del mundo natural.
La luz del sol que entraba por la ventana impactaba en su blanca piel e irritaba sus ojos que no estaban acostumbrados a tanta iluminación. Lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero aún así se quedaba firme estudiando las plantas hasta que sentía la necesidad de dormir o la buscaban para la comida. Ese día, se quedó hasta altas horas de la noche despierta pensando en la tomatera y en que la señora se alimentaba de ella. La solían alimentar con pastas nutricionales específicamente diseñadas para su funcionamiento óptimo, le sabía raro que las personas consumieran los vegetales directamente de la tierra.
Se despertó al oír que la puerta se abría, automáticamente se destapó y se sentó rígidamente en el borde de la cama. Era la mujer con algo en la mano.
—Buenos días, Eli. Te traje una sorpresa, me dijeron que ya estabas lista —se percibía algo de duda en su voz.
—¿Qué es Eli? No encuentro ese término en mi base de datos —respondió Elara haciendo caso omiso de lo otro.
—Perdón, así solía llamarte cuando… Nada, no es nada que importe, no lo voy a volver a repetir, error humano supongo —hizo una pausa, se acercó a la cama y le extendió un objeto—. Tomá, esto es para vos, te voy a dejar para que lo veas tranquila.
Le dejó el objeto en las manos y se fue. Elara lo agarró, al darse cuenta lo que tenía en sus manos comenzó a experimentar una disfuncionalidad, algo no estaba bien. Identificaba eso como nerviosismo o miedo, sentimientos comúnmente asociados a seres vivos. Cerró los ojos y se quedó sentada sintiendo al tacto el objeto. Era un espejo.
No estaba permitido que las Zora se reflejen en un espejo, su diseño era incompatible con la ley de reflexión. El biomaterial utilizado para asimilar su coraza externa a la piel humana alteraba las propiedades de su superficie debido a su estructura molecular no uniforme que distorsionaba los rayos reflejados de forma irregular y difusa. Por lo cual, si interactuaban con un espejo su coraza sufría daños como quemaduras o lesiones en la epidermis.
Sin entrar en pánico, porque su programa no se lo permitía, comprendió las verdaderas intenciones de sus nuevos anfitriones, querían destruirla.
Pasó los siguientes días aislada en su habitación, sin comer y sin dejar que nadie entrase. Cada tanto la mujer se acercaba, pero ella no la dejaba entrar.
—Elara… Zora… Por favor, dejame traerte algo de comer al menos.
Pero ni siquiera le respondía. No necesitaba comer, simplemente le habína enseñado a comer para adaptarse socialmente a su entorno. Para saciar sus requerimientos energéticos se alimentaba de unos tubos de pasta nutricional que se había traído del Centro.
Los días pasaron. Sin ninguna tarea en la que trabajar o seres humanos con los que lidiar. Extrañaba el Centro, allí siempre tenía algo que hacer, desde realizar operaciones matemáticas complejas hasta desarrollar programas informáticos. Todo lo que hacían era para mejorar el mundo. Ninguna Zora sabía de qué forma trabajaban para ello, pero tampoco les importaba, ya que los androides no tienen deseos ni emociones.
Una mañana se despertó y se puso a observar el jardín de la vecina. Las plantas comenzaban a cambiar de tonalidades por el fin de la primavera. Se dio cuenta que realizar siempre la misma acción le estaba generando algo, identificó eso como aburrimiento, otra emoción asociada a los humanos. Ese día decidió probar algo.
Tomó el espejo, aún envuelto, lo apoyó sobre el escritorio y se sentó frente a él. Las manos le temblaban, lentamente quitó la tela que lo cubría y se quedó inmóvil. Por un segundo el mundo se le detuvo, una electricidad inundó su cuerpo y luego desapareció. Comenzó a traer el espejo hacía sí muy despacio hasta que pudo ver reflejada la punta de lo que parecía su oreja. No sucedió nada, su coraza seguía intacta y ella se sentía bien. Se aventuró más allá y puso el espejo frente a toda su cara.
Era la primera vez que reflejaba su imagen. Su piel era pálida y sus huesos marcados. Tenía cabello corto que le estaba creciendo desde que llegó a la casa, en el Centro se lo rapaban cada tres días. Se detuvo en sus ojos avellana, tenía la mirada vacía, distante. Una gota que salió de su ojo derecho comenzó a deslizar por su mejilla. Tocó el espejo, conmovida por la situación y se dio cuenta de algo que la perturbó. Se parecía a la mujer.
La ira comenzó a crecer dentro suyo. Esta gente la había secuestrado del Centro, le había quitado su función de existencia y la había modificado para parecerse a ellos. Los seres humanos se creían tan superiores que iban a usarlos de juguete por sus incapacidades reproductivas. Su programa se negaba a participar de eso. Ella era una Zora-32-4, una androide de cálculo avanzado, no la mascota de nadie.
Tomó el espejo y bajó dando pasos fuertes. La mujer y el hombre estaban abajo, tenían un invitado. Otro hombre vestido de traje. Estaba los tres bebiendo algo. Se quedó parada con el ceño fruncido, el cuerpo tenso y la mirada fija.
—Veo que estás haciendo un avance en tu exploración —dijo el hombre volteándose hacia Elara, luego volvió hacia la pareja y comentó: —Es completamente normal el enojo, sucede cuando están comenzando a dejar salir sus emociones.
—Eli, este es Mr. Chioka, el asignado a tu caso. El está haciendo un seguimiento de tu progreso —anunció el hombre. Elara seguía tiesa, apretando el espejo con su mano. El hombre notó su tensión. —¿No querés sentarse acá con nosotros? Podemos hablar entre todos.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Ser tratada como una igual, sentarse con orgánicos a hacer algo tan inútil como hablar iba a ser lo último que haga en su ciclo de vida. En este momento, su programa colapsó. Comenzó a gritar y a moverse efusivamente para todos lados. Se tiró al piso y comenzó a patear el aire y a golpear el espejo.
—¡Para! Te vas a lastimar —chilló la mujer intentando pararse pero Mr. Chioka le hizo un gesto de que se quede en el lugar.
Los gritos eran cada vez más intensos y los golpes cada vez más fuertes. En un momento, tomó el espejo con ambas manos y lo estampó sin soltarlo. El espejo quedó completamente destruido. El hombre gritó y la mujer rompió en llanto al ver la fuente de sangre que comenzaba a brotar del cuerpo de su hija. El asignado tomó un sorbo de café. Elara paró, se quedó tumbada en el piso, mirando el techo y sollozando.
—Me… me duele —masculló.
—En efecto, te estás desangrando—repuso el asignado mientras se paraba y ponía una mano en el hombro de la mujer que no paraba de llorar —Te podemos llevar a un hospital para que te traten.
—¡Es una trampa! —rugió con la poca energía que le quedaba. —Me lo hicieron a propósito, así me hacen creer que soy como ustedes.
El asignado se le acercó, se agachó y articuló una pregunta que hizo que Elara se quedara muda.
—Si no sos como nosotros, entonces ¿de dónde salen esas lágrimas?
Tenía la respuesta pero no pudo pronunciarla. No tenía una fórmula en su base de datos que pudiera expresar de dónde provenían esas lágrimas. Era un lugar dentro suyo, en algún circuito, pero no entendía dónde. Venían de un lugar donde no hay palabras.
Estaba perdiendo mucha sangre. Antes de poder decir algo más, se desmayó.
Se despertó en el hospital. Estaba en una cama en una habitación, le habían puesto un camisón, tenía los brazos vendados y un suero conectado. No había nadie y la puerta estaba cerrada. A su lado, en la mesita de luz, había un sobre. En el frente, con letra manuscrita, se leía: “Los hechos”.
Lo abrió y dentro había algunos recortes e impresiones de diarios. Los estuvo viendo por un rato, luego los dispuso todos frente suyo, uno al lado del otro y se quedó atando cabos.
Alrededor de veinte años atrás, cuando comenzaron los desarrollos en inteligencia artificial, un grupo de empresas privadas muy prestigiosas en complicidad con hospitales y escuelas privadas, secuestraron más de 200 bebés y niños que criaron hasta el momento de su liberación gracias a un trabajo de inteligencia hace unos meses.
Elara leía y todo dentro suyo le decía que era parte del engaño, pero una vez más sentía algo de ese lugar de donde vienen las lágrimas, algo que no podía explicar.
Se los llamó Zoras, los educaron con algoritmos y programas informáticos, los alimentaron con pastas nutricionales y los mantuvieron aislados en el Centro de Interacción de todo el mundo. No podían interactuar entre ellos, unicamente con un superior y dentro del cubículo que vivían. De esta forma, los criaron engañándolos y haciéndoles creer que eran androides y no humanos, con la intención de mapear sus cerebros y poder desarrollar modelos de inteligencia artificial avanzados.
No pudo seguir leyendo. Ni lo necesitaba, recordó el día que se fue al jardín de infantes y nunca volvió. Recordó la sonrisa y ternura de su maestra que le dio un caramelo que la dejó atontada mientras la llevaba a un vehículo lleno de extraños.
Estaba desgarrada. La puerta se abrió, eran la mujer y el hombre. Elara les hizo una seña para que entren, se acercaron tímidamente. Recordó sus nombres, Astrid y Orión, sus padres. Los miró y vio vio en sus ojos la misma fragilidad que había empezado a reconocer en sí misma. La vulnerabilidad humana, lejos de ser una debilidad, era lo que la había impulsado a seguir viviendo. Comprendió que una máquina, por más avanzada que sea, no podía hacer eso. Su humanidad era su verdadera inteligencia y era algo que jamás le podrían quitar. No importaba lo que le habían hecho, había encontrado algo que estuvo dentro suyo todo el tiempo: su corazón. Y en ese descubrimiento, finalmente halló su libertad.