La sala de espera estaba llena. Todos esperaban ansiosamente sus resultados y yo no era la excepción. Me sentía bien, con energía, fuerte y con la mente clara. En el trabajo me estaba yendo mejor que nunca y se lo atribuía a mi estado de salud. Nada me daba indicios de que mi análisis pudiera arrojar alguna anomalía. Pero nunca se sabe, quizás algo se estaba gestando dentro mío, algo que aún no había manifestado conscientemente. La enfermedad me podría estar acechando y yo solo era un ignorante. 

La mujer que estaba al lado mío comenzó a toser. Se le movía todo el cuerpo al ritmo de sus gritos. Todos en la sala se voltearon a mirarla. Alguien se levantó y le ofreció un pañuelo, al rato estaba lleno de sangre. La mujer rió y la persona del pañuelo sonrió y la abrazó dándole unas palmaditas en la espalda. No pude evitar sentir su felicidad. Cuando llegó se veía bien, incluso mejor que yo y ahora estaba expulsando líquidos de adentro suyo. A veces, la vida nos sorprende. 

Luego del episodio, todos volvieron a lo suyo y yo recordé que mañana era mi cumpleaños. Tendría que organizar algo luego del trabajo, Mikel nunca me lo perdonaría si no. Siempre insistía en ingerir alguna sustancia altamente tóxica o alguna actividad extrema como saltar de un puente. Si tan solo fuese más apasionado de la vida, pero soy un simple trabajador. Trabajo y descanso luego, no necesito más. Así que voy a serme fiel a mí mismo y organizaré una cena íntima en mi casa, nada muy elaborado.

La médica que me había atendido salió del laboratorio mirando directo hacia mí. Su expresión era seria, incluso un poco triste. Me hizo una seña y me acerqué.

—Sr. Almant, tengo los resultados de sus análisis. Sé que ya tiene cierta edad, pero está todo perfectamente dentro de los parámetros esperables. Puede continuar con su vida normal. —Hizo una pausa y me puso una mano en el hombro. —No quiero ser atrevida, pero anímese a vivir un poco más, si no ya sabe cómo sigue esto.

Luego, como si yo no existiera más, miró hacia al costado y llamó al siguiente paciente. Agarré los resultados y me fui a casa pensando en qué iba a cocinar para mi cumpleaños. Era un número especial. 

Al día siguiente, salí de la oficina, feliz por haber vendido tres pólizas, y pasé por el mercado. Recordé lo que había dicho la doctora y compré cola con azúcar y pizzas con gluten. A Mikel le va a encantar esto, pensé. 

Calenté el horno, metí las gaseosas en la heladera y puse a hacer hielos. Hoy no iba a cocinar, iba a disfrutar mi día con mis amigos. 

Sara fue la primera en llegar. Con aires efervescentes y una pierna rota, me abrazó y me besó la cara manchándome con su labial púrpura. 

—Ya te conozco, así que te traje una torta.

—Gracias —le dije mientras la guardaba en la heladera junto con las gaseosa —. ¿Cómo está tu pierna?

—Los médicos dijeron algo como ligamentos rotos e inoperables. Mejor no podría estar. ¿Y vos? ¿Cómo salieron tus análisis?

—Bien —dije dándome la vuelta, no quería escuchar sermones.

—Rober, no quiero ser pesada, pero me preocupo por vos.

Ya sabía lo que me iba a decir y no tenía ganas de escucharlo. Saqué las colas y serví dos vasos.

—¿Cola? Es con azúcar. 

Abrió mucho más los ojos que de costumbre y agarró el vaso. Sonó el timbre. Estaba salvado por la campana, pero no por mucho. Le fui a abrir a Mikel y Jana.

Estábamos los cuatro en la mesa con las pizzas ya servidas. Todos estaban callados. Sara no paraba de tomar sorbos de gaseosa. A Mikel le temblaba la pierna. Yo miraba por la ventana, preguntándome cuántas pólizas iba a vender mañana. 

—Bueno… —Jana rompió el silencio—. No me malinterpretes, Rober, pero gaseosa con azúcar, pizza con gluten, ¿nos querés contar algo?

—No se cumple 50 todos los días.

—Ya era hora de que aflojes —dijo Jana.

—Te cuidás demasiado para el trabajo —dijo Sara por fin. Siempre me reclamaba lo mismo. 

—¿Podemos no traer el tema en mi cumpleaños? ¿Solo por esta vez?

—Nos preocupás, Rober. Sos altamente funcional. En 50 años nunca te enfermaste, ni te lesionaste, ni te mutilaste, ni tuviste un mal resultado, ¿no te parece extraño? 

Suspiré. Sara nunca perdía la ocasión para recordármelo. Ella había trabajado tres años en total desde que inició su período fértil. Primero, ansiedad, luego algo autoinmune y ahora la pierna rota de dudosa procedencia. 

—¿Cuándo vas a vivir, Ro? —habló Mikel casi en susurros—. ¿Alguna vez tuviste un día libre?

Miré hacia abajo. Hice un esfuerzo por recordar, solo días y más días de trabajo vinieron a mi mente. Se mostraron como un carrusel infinito de días de trabajo, siempre saludables, siempre funcionando. 

—No —respondí por fin. Nos quedamos en silencio. Al rato, cerramos la velada con la torta de chocolate y brindamos con una bebida alcohólica de dudosa procedencia que había traído Mikel. 

Me fui a acostar con sabor amargo, no sé si era de la bebida o de mis pensamientos. Nunca había tenido un día libre en mi vida desde que inicié mi período fértil y eso había sido más de 30 años atrás. 

¿Qué hace la gente en sus días libres? ¿Qué haría yo si tuviera un día libre? Una película que me gustaba mucho transcurría en el mar. Era de un pez que se pierde en el océano y su padre va en su rescate. No había tenido la dicha de ser progenitor y ya era tarde para eso, pero me gustaría ver el mar. Si tuviera un día libre, quisiera que sea en el mar. Pasé la noche en vigilia pensando en la vastedad del océano. 

Así transcurrieron las noches siguientes. Dormía poco y nada, solo podía pensar en el mar y en conseguir un día libre. La pizza con gluten y lactosa se transformó en mi alimento base y la cola de cereza con azúcar reemplazó al agua. 

Cada vez vendía menos pólizas. Mi jefe me había dado algunos avisos, pero yo los ignoré aun sabiendo que si me despedían iba a terminar en un lugar peor y la posibilidad de un día libre iba a ser la muerte.  

Una tarde, cuando estaba volviendo del trabajo caminando, decidí tomar el tren. Con estos pequeños nuevos hábitos, al cabo de unos meses había subido unos cuantos kilos y me empezaba a cansar un poco más. Tenía una chance. Volví con la médica a que repitiera los estudios.

—Está todo bien, Sr. Almant. Sé que nota cambios en su cuerpo debido a su nuevo estilo de vida, pero aún está dentro de los parámetros esperables y funcionales para su edad y trabajo. 

Ni un día libre me dio. Comencé a sospechar de la doctora. Ella sabía todo de mí y aun así no me daba un solo día libre. De repente, el discurso de Sara sobre vivir la vida empezaba a cobrar sentido. Nunca había faltado a trabajar, siempre había cumplido y tenía un porcentaje de productividad óptimo. Mi cuerpo era plenamente funcional pero no me servía a mí, tenía otro amo. 

Salí del hospital y me saqué el calzado. Nevaba, el piso estaba congelado, me quemaba la piel y al cabo de un rato, pedacitos comenzaron a quedarse pegados sobre el hielo. Fui así hasta mi casa, con la carne al rojo vivo. 

Entré y me puse a ver la película de los peces. Necesitaba inspiración para hacer lo que estaba haciendo, el siguiente paso no iba a ser placentero. 

—Mikel, ¿estás despierto? —Mi llamada a la madrugada no pareció sorprenderlo.

—¿Rober? Sí, estoy con unos amigos en El Callejón.

—Voy para allá.

El Callejón era un antro de mala muerte en el centro de la ciudad. Allí, las sustancias tóxicas circulaban sin piedad. La gente iba ahí no solo a anestesiarse del mundo. Algunos buscaban algo más permanente. Nunca había puesto un pie, me temblaban las manos. Cuando entré, Mikel estaba en un sillón, rodeado de otras personas, bebiendo algo.

—Rober, ¡acá, amigo!

Me acerqué rápidamente y me senté a su lado.

—Presentame a tu amiga —le dije señalando a la mujer con el sombrero.

—Rober, sabés que soy el primero en llevarte por este camino, pero no quiero que hagas nada de lo que puedas arrepentirte.

—Tengo edad suficiente, ¿no? 

Mikel asintió resignado y le hizo una seña a Vicky. Me agarró de la mano y me llevó a la parte de atrás del antro. Abrió su tapado blanco y peludo. Estaba repleto de jeringas y frascos con líquidos de distintos colores y tamaños.

—¿Qué tantas ganas de vivir tenés? —me preguntó sin mucha animosidad.

Me quedé callado, no sabía qué decir. Tenía que volver, ir a trabajar, era absurdo esto. Aun si lograba algo, no tenía los medios para llegar al mar. 

—Empezá por este —me acercó un frasquito pequeño como un dedo meñique con un líquido verde—. Cortesía de la casa. Si te gusta, el próximo lo pagás.

Me guiñó un ojo y me dejó solo en el pasillo. Si iba a haber una próxima, no podría ser tan grave. Miré el frasco, lo abrí y me lo tomé. Un día libre iba a valer el dolor. 

Lo que no preví es que como persona altamente funcional, no estaba familiarizado con el dolor. Comenzó antes de que pudiera salir de El Callejón. El estómago se me retorcía, sudaba tanto que la ropa estaba empapada y me temblaba todo el cuerpo. Tengo fiebre, pensé y vi todo blanco. Antes de entrar en la oscuridad, un dejo de la sonrisa de Mikel quedó en mi recuerdo. 

Me desperté en mi cama. Mikel estaba al lado mío y detrás suyo estaba Jana. Amagué a levantarme.

—No, tranquilo. Un médico está en camino.

Me reí. Había funcionado. Me iban a dar un día libre. Iba a ver el mar.

—Rober, sé lo que estás pensando, pero no es tan fácil. Les vas a tener que decir que comiste algo. Si se dan cuenta, no va a estar bueno.

—Estás al horno. Si das positivo para sustancias te mandan al campamento.

—¿Qué? No, yo quiero un día libre nomás. Quiero conocer el océano.

Jana se sentó en la punta de la cama. Mikel puso su mano en mi pierna. Se miraron entre sí.

—Lo sé, pero no podés cambiar todo tu ser con un frasquito en una noche. El cambio tiene que ser de adentro para afuera, no al revés.

Fruncí el ceño. ¿Por qué me decía eso ahora? ¿No me insistían día y noche que debía ser menos funcional? ¿Que no era mi salud síntoma de lo alienado que estaba? Sentí cómo se me hervía la cara. Me volteé hacia la pared.

—Es que… —comenzó Mikel, se quedó unos segundos en silencio—. Es como hacer trampa.

El timbre sonó y entró una médica. No era la que me atendía siempre, aunque era sospechosamente parecida, hasta hablaba con el mismo tono de voz. 

Fue todo muy rápido. Ni siquiera me preguntó qué me había pasado, asumió que era una simple intoxicación alimentaria. Me dio otro frasquito, esta vez con un líquido azul, y me dijo que iba a estar bien, que descansara y mañana podría volver a trabajar. 

Tenía el frasco con la medicina en la mano, lo miraba y lo hacía girar. El líquido caía una y otra vez. Lo único que diferenciaba este frasco del otro era su legalidad y, bueno, que uno me haría daño y el otro me haría ir a trabajar, lo cual podrían ser sinónimos. Lo dejé en la mesita de luz y me paré tratando de contener el mareo. Agarré mi abrigo y salí de la casa.

Lo que hicieran Mikel y Jana no me importaba. Al final, su ideología no era más que una máscara para no enfrentarse a la realidad, la de que el mundo se fue a la basura y nosotros con él. Toda esa fantasía sobre la salud y la superioridad moral de los enfermos no era más que nuevas jugarretas para que algunos se beneficien y otros se perjudiquen, y yo siempre fui del segundo grupo. Hasta hoy.

Volví a El Callejón y busqué a Vicky. Apenas entré me vio, como si supiera a qué iba. Era obvio, ella siempre supo que iba a volver. 

—Volviste.

—Era lo que esperabas, veo.

—Tengo algo que seguro no falla.

—Dejémonos de juegos. Dame lo más potente que tengas. Sin excusas.

Se cerró el tapado. 

—¿Quién es tu jefa? Dame lo mejor que tengas o le digo que andas regalando sus cosas. Nada era más amenazante que la posibilidad de que te echen de un trabajo y te envíen al campamento.

—Bueno, tranquilo —metió una mano en el abrigo y sacó un frasquito redondo, era como una esfera, parecía vacío—. Esto es lo más potente. Llevátelo, no quiero saber nada. No vuelvas más.

Se dio la vuelta para irse. La agarré del brazo.

—Esto está vacío.

—Mire bien, señor. Hay una gota.

Tiró de su brazo y se fue. Me quedé viéndolo, me lo acerqué casi pegado a los ojos y la vi. Una ínfima gota negro azabache brillaba y se deslizaba por el cristal que la contenía. Me lo guardé y salí. Tenía casi doce horas hasta mi próximo turno.

Me llevé una bicicleta que estaba sin atar. La ciudad estaba desértica, todo el mundo descansaba, se recuperaba para mañana. Todos lo hacían por miedo, nadie quería ir a El Campamento y la mayoría no se atrevía a ir en contra de la naturaleza. Era mejor estar condenado a una vida de labor y salud que a una muerte rápida y esclavizada. 

Pedaleé lo más rápido que pude. Mis piernas se empezaron a quejar rápido, mi estado físico había decaído las últimas semanas. El mundo se veía distinto desde la noche. La tranquilidad que evocaba el silencio y las luces amarillentas que apenas alumbraban las calles simplemente existía por si alguien se perdía o tenía una emergencia; su existencia estaba casi obsoleta. Agarré por una avenida grande, hacia adelante, el horizonte mostraba la infinitud de la calle y el cielo, azul y plano, sin nubes pero sin estrellas. Los edificios también estaban apagados, sin luces pero sin oscuridad. Estaban en la penumbra. Seguí avanzando.

Logré salir de la ciudad más rápido de lo que esperaba. La ruta era igual pero sin los edificios. Algunas luces no funcionaban y otras estaban a media potencia. No había más nada que campos que en unas horas serían trabajados por gente como yo. Sana, saludable, funcional. Quizás mañana tenga que ir a trabajar, pensé, me entusiasmó la idea de vender más pólizas y destacar, al menos en eso. Tomé aire y seguí. El horizonte seguía frente a mí. Y detrás suyo, estaba el mar. 

Era bastante tarde cuando me di cuenta que no iba a llegar a tiempo. Todavía estaba a tiempo de volver, podría planificar mejor y trazar un plan de acción más claro. Si seguía, probablemente me iban a descubrir en cuanto no me presentase a trabajar y para esa hora estaría a mitad de camino. Busqué desesperadamente un vehículo. Algo que me pudiese llevar más rápido. No había nada. Ni autos, ni edificaciones, ni gente. No me rendí. Seguí avanzando hacia el cielo. 

Pensé una vez más en esa película de los peces. El padre dejaba su casa, su anémona, para ir en busca de su hijo. Salía de su zona de confort, de su hábitat, para ir en busca de algo más importante. Me sentía como ese padre, aunque no sabía qué estaba buscando aún. Solo tenía claro que quería conocer el mar, ver peces reales y, si me atrevía, nadar en el agua salada. Me vi flotando, con la espalda hacia abajo, mirando el cielo desde el mar. 

El cielo comenzaba a clarear en el horizonte. El azul pálido se reemplazaba con una mezcla de amarillos y rosados que pintaban el cielo de abajo hacia arriba hasta llegar a la oscuridad. Era la primera vez que veía el amanecer y que estaba tan lejos de mi hogar. Me detuve a contemplar semejante obra de la naturaleza. Me senté en un costado de la ruta, sobre el pasto, que estaba húmedo por el rocío, y dejé la bicicleta a un lado. 

Faltaban dos horas para ir a trabajar. No lo había logrado y no podía volver. Sara tenía razón, era demasiado funcional. Tomé el frasquito, un rayo de sol lo atravesó y pude ver el líquido con mejor definición. No era negro, era azul oscuro, muy oscuro, como el fondo del océano. No dejé de mirar el horizonte en todo momento. Le quité la tapa y levanté la mano.

—Por mi salud.

Percibí cómo la pizca de veneno recorría mi garganta. El sol estaba cada vez más arriba. Allí, en la soledad y en la contemplación absoluta, me sentí realizado. No había llegado al mar, pero había actuado por mi cuenta, algo que en cincuenta años de vida nunca me había permitido. Me acosté hacia atrás, hundiéndome en la aspereza del césped mal cortado, y esperé. 

Después de un rato, seguía igual. La muerte es más pacífica de lo que imaginaba, pensé. La oscuridad del cielo se desvaneció del todo y me absorbió por dentro.

—Dale otra patada, no se va a despertar más sino. 

Comencé a escuchar voces a mi alrededor. Sentí que algo me golpeaba. 

—Siempre lo mismo, que Victoria deje de mandarnos a estos bobos.

Abrí los ojos. Dos guardias urbanos de Control Laboral me miraban desde arriba. Me desesperé. Intenté incorporarme, pero no tenía fuerzas. 

—Eh… oficiales —me costaba hablar—. No sé qué pasó, me envenenaron. 

El de bigote se rió. El otro estaba mirando otra cosa, no prestaba mucha atención a la situación. 

—Sí, sí, dale. Levantate que nos vamos a El Campamento. Allá está la camioneta que te va a llevar. 

Me señaló el vehículo y me empujó hacia él. Me di vuelta antes de avanzar y me tiré al piso, rogándole. 

—No, pero no entienden, yo nunca falté a trabajar. Tengo cincuenta años y todos los días de mi vida aporté a la sociedad, no es justo. Me engañaron. Nunca me enfermé, por favor, no me envíen allá. 

Esta vez se rieron los dos. A carcajadas. 

—¿Viste la cara que puso?

—De los más graciosos. Ya casi nadie se cree lo de El Campamento últimamente.

—Despertate, Roberto. Te vamos a llevar a tu casa, vas a descansar y mañana vas a ir a trabajar.

Me levanté un poco avergonzado y caminé hasta la camioneta. Sonreí para mis adentros. Tenía un día libre.