Aún recordaba el sabor del café que habíamos tomado todos juntos antes de mi regreso. Un poco ácido. Con cuerpo. Sabía a buena compañía. Ahora me dirigía a un lugar donde poco había de todo eso. 

El transportador iba casi lleno. Algunos espacios estaban vacíos y la gente los usaba para recostarse o estirar las piernas. Olía a una mezcla de moho con fluidos humanos y, si hablaba, podía sentirlo en mi paladar. Por eso, intentaba no entablar conversación con nadie y limitarme a asentir si alguien me preguntaba algo. Pasaba el tiempo limpiando mi arma hasta el hartazgo y cuando por fin me aburría dejaba que mi mente divague y se enredase en sus propios pensamientos. 

El viaje duraba alrededor de un día, o más, dependiendo del tráfico y los vientos solares. Cada vez que subía, escaneaba mis alrededores. Las mismas caras de siempre. No es que fueran exactamente las mismas personas, pero cumplían el mismo rol social. La mayoría eran trabajadores, turistas o curiosos. Me entretenía identificándolos. 

Los trabajadores eran los que aparentaban mayor calma. Se notaba que hacían eso todos los días. Llevaban poco equipaje y no lo cuidaban mucho. Pasaban el tiempo con sus dispositivos y casi siempre estaban en una llamada. Los turistas tenían un aspecto más desaliñado, mostraban entusiasmo en su expresión facial y tendían a entablar conversaciones. Eran más relajados en la superficie, pero no tenían la familiaridad de los trabajadores. Llevaban mucho equipaje y nunca les faltaba nada. El transportador era capaz de llevarte a sitios con los que la mayoría de los seres del planeta solo podría soñar, pero, como todo, tenía un precio.

Los curiosos eran el grupo que más me intrigaba. Eran personas que querían ver que había fuera de lo conocido. Viajantes del cosmos. Se apreciaba en sus ropas y equipajes, que no eran una prioridad para ellos. Sus ojos brillaban y sus manos temblaban. Una leve sonrisa se les dibujaba en la cara. Eran más silenciosos. Me gustaba crear historias detrás de sus expresiones faciales. Así fue como imaginé la vida de quien yo llamé Dax.

Dax se había subido al transportador conmigo y ya llevábamos más de quince horas de viaje cuando me percaté de su existencia. Estaba a unas tres hileras de distancia, enfrentada a mí. Su cabello plateado caía sobre sus hombros, contrastando con el brillo de su oscura cara. Llevaba un vestido negro y un collar de platino con una amatista colgando sobre su pecho. Tenía los ojos cerrados y respiraba de forma lenta y pausada. Sus manos descansaban sobre sus piernas. No llevaba equipaje. 

Su aspecto no era común. Pero nadie parecía percatarse de eso. Nadie parecía percatarse de nada que no estuviera en su burbuja individual. Todos estaban concentrados en sus dispositivos, sea por su trabajo, por sus planes vacacionales o por su vanidad. Yo miraba a Dax. Seguía inmóvil en su sitio, a su derecha tenía un señor muy mayor dormido y a su izquierda el lugar estaba vacío. Probablemente no era parte de las otras categorías, era una meditadora. 

Yo amaba mi planeta. Siempre iba a sentir la Tierra como mi verdadero hogar, incluso a pesar de pasar cada vez menos tiempo allí. Dax me daba la impresión que trascendía eso. Estaba más allá de las categorías geográficas. En algún punto, sentí envidia de esa soltura con la vida. Yo deseaba ser así, pero ahora tenía otra misión que cumplir. Tenía muchas expectativas sobre mis hombros. Muchas deudas pendientes. 

Dax movió sus manos. Estiró los brazos hacia arriba y dio un gran bostezo. Abrió los ojos muy suavemente. Se clavaron en mí. Eran verdes y su mirada era penetrante. Quise esbozar una leve sonrisa aunque ella volvió a cerrar los ojos antes que pudiera reaccionar. Al moverse, dejó en descubierto lo que ocultaba su largo vestido: un bolso. No muy grande. Lo suficiente para llevar cosas básicas en un viaje tan largo. Quizás allí llevaba algún secreto. Decidí echarle un ojo de vez en cuando. 

Lo que hice luego no lo pensé mucho. Me paré y caminé hasta en dirección a donde estaba ella. Moverse dentro del transportador era muy sencillo, era como estar en tierra firme. La nave en sí era del tamaño de cinco cruceros aunque la parte destinada a transporte humano era de tan solo una cubierta. Habría unas cien personas. El resto estaba destinado a alimentos, insumos y materia prima de la Tierra. Era un espacio sucio y oxidado. No había más que unas filas de asientos de metal y luz estridente. Una solo podía sentarse y esperar. 

Mientras me desplazaba por la cubierta nadie se inmutó. Todos continuaban en lo suyo. Cuando llegué, me senté en el espacio vacío. Desde esta perspectiva, podía ver hacia afuera a través de uno de los grandes ventanales. La eterna noche estrellada nunca cambiaba para mi punto de vista humano. Yo cambiaba más rápido que los tiempos del universo. Me pregunté si existiría alguna especie con un flujo de vida similar al de una galaxia. Alguien pasó por delante del ventanal y me trajo de nuevo al interior. Era mejor si evitaba contemplar el espacio profundo por mucho tiempo. 

Miré hacia abajo y vi el bolso. Estaba abierto. No llegaba a ver bien qué contenía, parecía algo metálico o rocoso. 

—Tenés razón —me susurró mientras volvía a esconder el bolso bajo su vestido. —Sé algunos secretos.

Me sobresalté. La miré, seguía en la misma posición, con los ojos cerrados. Volví a mi lugar, más decidida a vigilarla.

Pasé la noche intentando conciliar el sueño. Fue en vano, mis ojos no respondían a mis deseos. La intranquilidad no me permitía relajarme. Me paré varias veces, di vueltas por la cubierta e incluso fui al bar para hacer tiempo.

La noche no quería avanzar. Me senté en un taburete y pedí un café. Insípido y sin compañía. Saqué el papel que tenía en el bolsillo. Lo volví a leer, como si no me lo supiera de memoria:

22-11-33/22:54. Puerto Amatista. Estación II. Femenina. 1,8M.

Lo guardé rápidamente apretando el puño. Aún estaba a tiempo de volver, si me bajaba en la próxima estación podría tomar un transportador veloz a casa. Aunque ya estaba en camino, no tenía sentido. Sería mi última misión. Esta vez, en serio. 

Volví a mi lugar y me acomodé en mi asiento. Respiré con fuerza y observé a mi alrededor. Se veían pocas pantallas encendidas, la mayoría dormía. Qué envidia. Estaba todo tranquilo excepto mi área. El hombre que estaba al lado mío roncaba con fuerza y la mujer enfrente, hacía una videollamada. Busqué a Dax con la mirada. No estaba allí.

¿Qué secretos sabía? ¿Acaso sabía a dónde estaba yendo? ¿Estaría ligada a la misión de alguna forma? Mi puño se apretó aún más. Me paré con ímpetu y solté mis brazos hacia afuera decidida a encontrarla. Inesperadamente, el dispositivo de la mujer de enfrente salió volando hacia arriba golpeando a un señor en la fila anterior en la cabeza.  

—Tené cuidado, nena—dijo bruscamente la mujer a la vez que me golpeaba la pierna.

—Sí, perdón.

Me acerqué al señor mayor que se sentaba al lado de Dax. Seguía dormido, aún así le agarré el hombro y lo sacudí suavemente. Ni se inmutó. Lo sacudí con brusquedad hasta que abrió los ojos.

—¿Dónde está la mujer?—mi mano aún apretaba su hombro.

—¿Qué mujer? ¿Quién sos?—me respondió mientras se empujaba hacia atrás y quitaba mi mano—Quítame las manos de encima, loca. 

Salí rápidamente de la cubierta. Pasé por el bar, ya estaba todo apagado. Bajé las escaleras, el piso de abajo era para camarotes. Bajé nuevamente, más camarotes. Así hasta bajar siete pisos más. Llegué hasta el final de las escaleras. 

Había una puerta blanca metálica. No tenía ningún cartel o indicación, solo un gran timón en el centro. Lo tomé y giré, estaba pesado. La puerta me avisó que se había destrabado con un característico sonido. Tomé mi arma y la cargué, una bala sería suficiente. 

Empujé la puerta y entré a la habitación. Caminé despacio. La puerta se cerró atrás mío. El piso era brillante, negro y espeso, parecía brea líquida. Cada pisada que daba generaba una onda que se expandía sin un final visible.

Los límites de la habitación no eran claros. Las paredes eran de algún material transparente, tan fino que el espacio interior y exterior aparentaban ser uno. Contemplé el universo, era una imagen limpia y profunda, repleta de miles de millones de estrellas y galaxias brillando. 

Dax estaba al final de la habitación de espaldas. Seguí avanzando y, con cada paso, mi cuerpo iba perdiendo peso, mis pies ya no generaban ondas en el suelo. Avancé flotando hacia ella. La misión estaba a punto de durar menos de lo que tenía previsto, pronto podría regresar a casa. 

Me di la vuelta. La puerta ya no estaba y el piso tampoco. Ahora toda la habitación se había disuelto y convertido en el universo. Arriba, abajo, a los costados, ya no tenía sentido. Todo era el equilibrio entre oscuridad y luz. Dax era parte del paisaje. Me acerqué y mirándola, tomé el arma y apunté directamente a su pecho de espaldas.

Presioné suavemente el gatillo. Su cabellera brillaba y me encandilaba, tuve que entrecerrar los ojos para que el disparo salga limpio. 

—¿Qué sos?

Una voz salió de adentro mío, pero yo no había movido los labios. Retumbó en todos lados. Dax se dio vuelta. Sus ojos se posaron en mí. 

—¿Qué ves?

Otra vez. No lo quería decir, pero mi voz hablaba por mí. Dax me seguía mirando. Yo seguía sosteniendo el arma, ahora a unos centímetros de su pecho. Sin darle importancia, puso su mano en mi cara. Cuando me tocó me sentí en casa. Sentí el abrazo de mi madre, las risas con mis hermanas y las caricias de mis gatos. Sentí los domingos en familia, mis amores olvidados y los helados en verano. Sentí el agua del mar, las películas absurdas y los lunes de rutina. Sentí todo lo que había sido y todo lo que vivía en mí.  

Quitó su mano, su expresión cambió. Una leve sonrisa se esbozó en su cara. 

—Te veo.

Sus labios tampoco se movieron. Pero esta vez, su voz no sonó afuera, la sentí dentro mío, en mi pecho. 

—¿Quién sos?—volví a pensar. Bajé el arma y mis dedos se aflojaron. El arma desapareció en el espacio. Dax no respondió nada. Metió la mano bajo su vestido y sacó su bolso. Me lo acercó, lo agarré con cuidado. 

No había nada. Revolví el interior, lo di vuelta, y nada, ningún secreto. Dax sonrió. 

—¿A dónde vas?—me preguntó.

—Tengo una misión que cumplir. 

Me puso la mano en la boca. 

—¿A dónde vas?

Me tiré hacia atrás, lo cual hizo que girara sobre mí misma. Mientras daba vueltas, miraba a mi alrededor. Pude identificar algunas estrellas como Alfa Centauri o la galaxia de Andrómeda. Vi el cúmulo del Joyero y la constelación de la Cruz del Sur. Mi arma no estaba en el panorama. 

Dax acercó el bolso hacia mí y mi mundo se oscureció. Una vez dentro, ella tomó mi mano y fuimos a dónde las estrellas no tenían nombre. 

—¿A dónde vamos?—pregunté. 

Dax rió. 

—A tomar un café. 

Estábamos por un sitio que recordaba a una nebulosa, muy lejos del inicio del viaje. Allí, flotando entre gas y polvo estelar, estaba mi arma. Fui directo a agarrarla, pero Dax me chistó antes que lo hiciera y me hizo una seña. Al otro lado, había una taza de café.

Dax se volvió a reír y esta vez me reí con ella. Tomé la taza, cerré los ojos y me la acerqué a la boca.  Al abrirlos, seguía con la taza de café en la mano. Era un poco ácido, pero con cuerpo. No era muy rico, pero estaba en buena compañía.