No había nada más arriba de Curaos Rolac, ubicado a unos 7841 m s.n.m; no solo era la urbe en mayor altitud del mundo, sino que era la más codiciada por todos los habitantes de Neo Tierra. Luego de las grandes inundaciones del siglo pasado, pocos sitios en el planeta habían quedado descubiertos. El agua seguía subiendo, por lo que altura era sinónimo de lujo.
Vivían allí más de un millón de personas, ubicadas cuidadosamente entre casas y edificios, tanto terrestres como subterráneos. La vegetación no abundaba y el clima daba sus batallas. Así y todo, su gente estaba adaptada a esa vida. Comidas enfrascadas, en conservas y congeladas eran la base de la alimentación. Los trabajos más comunes, excepto el de control de seguridad, se realizaban mayoritariamente dentro de sus hogares en tareas administrativas, desarrollo de software o gestión de recursos energéticos. La electricidad era la pieza clave para la supervivencia, en Curaos Rolac siempre era de día y siempre hacía calor.
Casi nadie salía al exterior y cuando necesitaban desplazarse hacia otro sitio simplemente recorrían los caminos interiores que conectaban la ciudad, cubiertos y al resguardo de cualquier peligro. La vida en general era muy fácil para casi todos sus habitantes, excepto para el equipo de control de seguridad.
Norah había soñado toda su vida con ese trabajo. Cuidar de su mundo ante posibles amenazas externas era un orgullo para ella. Era su primer día y, como era su segunda vez saliendo al exterior, la vez anterior había sido en el curso de preparación, se sentía levemente nerviosa. Se puso el equipo y abrió una comunicación desde su reloj:
—Lista para guardia exterior equipo 2.
—Entendido, nos vemos afuera —dijo una voz al otro lado.
Antes de poder hacer su próximo movimiento, se hizo el silencio. Norah no podía ver nada frente suyo, un mundo de sombras se había manifestado y nadie la había preparado para esto. Acercó el reloj a su boca y susurró:
—Acá Norah, ¿alguien?
Más silencio. La oscuridad se comenzaba a suavizar y sus sentidos se iban relajando mientras aprendían a navegar en la incertidumbre. Para lo que sí estaba preparada era para actuar en situaciones extremas con la mente fría. Sabía que tenía un panel de electricidad cerca. Fue y tocó todas las teclas, pero no hubo ningún cambio. El paso lógico era ir a encontrarse con su equipo en el exterior, como habían acordado antes de perder contacto.
Abrió la puerta de forma manual, empujando con todo su cuerpo. Una corriente de aire frío entró con un suave destello de claridad. Al salir, el suelo estaba inerte y congelado. Las paredes exteriores de la ciudad quedaron detrás suyo y por delante, un grupo de personas rodeadas por el infinito y bañadas en una luz de origen desconocido.
Se acercó corriendo y dijo casi sin aliento:
—¡Hay que apurarse antes de que nos congelemos!
Pensó en la gente. En cómo estarían, en cómo la ansiedad y el miedo les consumiría el alma antes que el frío si no lo resolvían pronto. Nadie se inmutó. Estaban todos quietos mirando hacia arriba, embobados con la luz como bichos que se pegan a los faroles.
—¿Qué caraj…
No pudo terminar la oración antes de que su cuello se extendiera hacia arriba y se convirtiera en una espectadora más del mito.
Lo primero fue una bola blanca, grande en comparación al resto, con manchas grises como cicatrices, que decoraba el panorama brillando con ímpetu propio. En el resto del lienzo había miles de pequeñísimas luces, titilando, esparcidas como una salpicadura en todos lados. Algunas estaban agrupadas en cúmulos de colores, otras pertenecían a una especie de franja blanca que atravesaba de punta a punta.
Nadie le había enseñado que la oscuridad podía ser brillante. Sentía que se congelaba pero no podía quitar la vista de aquella escena. Sabía lo que era correcto, pero sus sentidos trascendían la racionalidad. Habían encontrado el techo del mundo.
El frío podía esperar.
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